Tiene a su lado un ángel de la guarda que desempeña, además,
funciones de asistente literaria. María Luisa Herrera toma al dictado
los avances literarios de Juan García Ponce, quien recibirá
aquí el Premio Juan Rulfo de Literatura Latinoamericana y del Caribe,
dentro de la Feria Internacional del Libro (FIL), que comienza este sábado.
Como siempre, la tarea primordial de García Ponce es escribir:
está a punto de presentar, editada por Oceano, su autobiografía,
y ya trabaja en otro proyecto narrativo. No descansa, no para, no quiere
dejar de ser el novelista que ha sido desde que por primera vez tuvo un
papel a mano para contar sus historias.
-¿Cómo
consideras el momento en que te llega el premio?
GP: Por
naturaleza me lo dan siendo ya un tanto cuanto viejo. Tengo 69 años,
pero lo recibo como si fuera un niño de seis años. O sea,
me sorprende y me halaga, como a los pequeños les alegraban los
regalos del niño Jesús en mi época. Soy ateo, debo
reiterarlo, pero me acuerdo de cuando todavía tenía fe en
el niño Jesús. Todavía tengo muchos objetos religiosos,
como puedes ver, y los conservo sólo por su valor estético.
Suponemos
que el premio te encuentra escribiendo.
GP: Así
es, todavía escribo con regularidad y hasta con disciplina. En
cuanto regrese de Guadalajara voy a continuar con mis tareas cotidianas
que giran siempre en torno de la literatura.
Oceano
dará a conocer durante esta FIL de Guadalajara una autobiografía.
¿Es un material nuevo?
GP: El
diseño y ciertas imágenes son nuevas, pero es la vieja autobiografía
de siempre, la precoz.
¿No
hubo añadidos?
GP: Ninguno.
La cuestión es que era una autobiografía de mi vida cuando
muy joven y quise dejarla así. Trata, más que de cuestiones
de la existencia, sobre el carácter de la literatura y la obligación
y fidelidad del escritor para con la palabra y la forma.
Si
sigues escribiendo, ¿de qué se trata el nuevo libro?
GP: Claro,
trato de hacer un amplio relato. Bueno, no sé con precisión
cuántas páginas tendrá. Con suerte, pocas, con más
suerte se convertirá en una novela.
Tus
lectores son más cada vez. ¿Qué sensación
te despierta el hecho?
GP: ¿Son más, de
veras?
De
veras.
GP: Me
da gusto saber que crece la población que me lee. Me hace ser feliz
porque casi sólo me dedico a escribir. Aunque matizo: siempre he
creído que un solo lector representa a todos los lectores. Si uno
tiene la posibilidad de conocer a ese lector, es un gusto supremo saber
su opinión. Por mi parte siempre le pregunto a María Luisa
qué le parece lo que voy escribiendo, es mi primera lectora.
¿Ha
variado la temática de tu obra en los años más recientes?
GP: No,
desgraciada o felizmente, no. Aspiro a que cada novela sea distinta y
la misma.
De
modo que vives en una especie de burbuja que conforman los temas de que
te alimentas.
GP:
Sí, aunque esa burbuja tiene resquicios por los que me asomo todo
el tiempo.
-Seguramente
eres el mejor lector de Musil en México. ¿Así te
ves incluso ahora?
GP: Para
mí, Musil es Dios.
Podrías
desarrollar esa idea.
GP:
Claro. Todo lo que le debo de enseñanza es fundamental y me resulta
terrible pensar que él nunca conoció el éxito en
vida, pues el reconocimiento fue posterior. A principios de este año,
en Alemania, decidieron que el alemán más fino era el que
Musil utilizaba. Por mi parte tengo un libro sobre él y una buena
cantidad de ensayos sueltos. Es un dios y el dios merece toda mi atención.
Si
bien trabajas en el relato, ¿habrás abandonado la novela?
GP:
Ojalá no, pero no puedo asegurarlo. A lo mejor al rato me cae un
rayo y se acabó el narrador.
Cuenta
para los lectores cómo transcurre un día de trabajo cotidiano.
GP:
Escribo poco, la verdad. Llego a escribir cuando mucho tres cuartillas
a lo largo de un día. Aunque hay jornadas en que sólo hago
una. Le dicto a María Luisa todo lo que escribo y, para colmo,
debo lograr que entienda mi voz deteriorada.
Esta
forma de escribir, en cierto sentido indirecta, ¿ha modificado
tu estilo de escritura?
GP:
No, absolutamente no, en nada. Empecé a dictar a partir de cierta
parte de Crónica de la intervención, que como sabes es una
novela muy larga. Y reto a cualquiera a que descubra en qué momento
empecé a dictar.
Eso
implicaría que tienes toda la novela concebida desde el principio.
GP:
No del todo. Creo mucho en la inspiración. A veces llega, a veces
no. Hay que tener paciencia y más paciencia. En ese tenor mi ejemplo
preferido es Rilke, que escribió el primer verso de cierta obra,
un solo verso, en 1912, y hasta 1922 pudo continuar. Esperó pacientemente
y luego escribió en 15 días el resto del trabajo impulsado
por una energía feroz. Cuenta que al terminar, era tal su felicidad
que le pegaba a los muros del castillo medieval donde vivía. Golpeaba
los muros diciéndoles ''gracias, gracias". En mi caso, no
tengo castillo y sería incapaz de pegarle a María Luisa.
Es
singular que un hombre ateo crea en la inspiración.
GP:
Es absolutamente normal. Musil era ateo, como Joyce o Thomas Mann, y los
tres tenían en alta estima a la inspiración. En cambio,
hay cretinos que no creen en la inspiración y lo peor es que se
les nota.
Recibes
el Juan Rulfo, ¿cómo recuerdas su cercanía contigo?
GP:
Lo respetaba mucho. Lo recuerdo muy tímido. No puedo decir que
fuera su amigo, pero sí era su admirador, nada más.
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