Juan
García Ponce vivió en la permanente búsqueda del
sentido de la existencia a través de la reafirmación cotidiana
de su condición de escritor. Su vida estuvo marcada por la enfermedad
y la limitación física, pero sobre todo por la intensidad
que en todo momento lo habitó. La escritura fue el medio con
el cual edificó un destino poblado de obsesiones que le permitió
recrear de manera constante el ritual de su universo íntimo.
Como intensos aromas, los textos de Juan García Ponce penetran
las palabras y, a partir de un determinado momento, son el conducto
para sublimar sus pasiones depositadas tanto en la literatura como en
el arte. La escritura se desprende de su piel y los textos son él;
están bañados con sus obsesiones y sentimientos. La compulsiva
repetición de las ideas nos habla de la exigencia del autor para
asegurarse de que el mensaje escrito fuera lo más claro posible.
Al recorrer sus textos, tanto de crítica de arte como de narrativa,
se advierte claramente la constancia y la reiteración en las
ideas.
Existieron algunos temas que lo ocuparon a lo largo de toda su vida,
y que Juan García Ponce buscó, encontró y recreó,
tanto en la crítica de arte como en la literatura. La develación
de la verdad y el descubrimiento del verdadero sentido de las cosas,
dos de los grandes temas de la humanidad ante el ineludible cuestionamiento
de la existencia, fueron los hilos conductores que nunca abandonó
y que lo guiaron en su tarea creativa como un principio de vida. Para
él, el arte y la literatura fueron un entramado de lo genuino
y un tejido de formas de la realidad.
Como crítico de arte, busca la verdad en la apariencia de la
forma tratando de desentrañar una realidad subyacente a la superficie.
Como escritor, intenta encontrar su propia verdad haciéndola
existir en sus personajes y acciones.
La búsqueda o negación de la identidad fue un intenso
trabajo que García Ponce vivió en su propio ser, encontrando
en autores como Musil, Borges y Klossowski un eco definitivo. Estos
tres escritores influyeron decisivamente en el enfoque de sus análisis
ya que reconoció en ellos una intención muy semejante
a la suya en relación a la identidad del ser. Klossowski la describe
como "una mera cortesía gramatical" argumentando que
"toda identidad no descansa más que sobre el conocimiento
de un pensante fuera de nosotros". Juan García Ponce se
cuestiona si "el carácter de toda identidad es la imposibilidad
de definirla y por tanto su inexistencia aun en términos gramaticales".
Este cuestionamiento, en términos ontológicos y teológicos,
fue conformándose en el espejo de García Ponce en donde
vería reflejada su propia búsqueda existencial. Podría
decirse que la identidad es como nuestra cara; siempre nos acompaña
pero no podemos verla más que reflejada en un espejo. Los textos
fueron ese espejo que siempre mantuvo a Juan García Ponce frente
a su propia imagen.
La finalidad de la vida, otro tema recurrente en sus escritos, tanto
de crítica como de narrativa, lo descubre en su vocación
de escritor. La conciencia cotidiana de su inclinación literaria
lo conduce a ese sentido de la existencia personal y, tanto a través
de la lectura como de la escritura, se mantiene activo respirando gracias
a las letras. La reflexión y el autoanálisis funcionaron
como mecanismos de trabajo que expresan su voz en la mayoría
de sus textos, dando como resultado la poderosa presencia de sí
mismo en toda su obra.
Si bien el arte representó para él una pasión y
un goce decisivos, hasta decir que el arte es o puede ser una religión,
es en la literatura y en su crítica literaria en donde se advierte
su absoluta condición de escritor.
Juan García Ponce encuentra en el arte la pasión creadora
que, regida por la inteligencia, hace posible la liberación,
así como la celebración ritual de la belleza. En sus interpretaciones
sobre la pintura se entrega con un sentimiento desbordado y auténtico
que le permite elaborar magníficos textos en los que deja un
aliento de fidelidad y reconocimiento para cada artista.
Sin embargo, es en su trabajo literario en donde va de por medio su
propia vida, ahí deja la huella de su sangre, de sus entrañas
desgarradas, de su erotismo, de su perversidad, de su misticismo y de
su desesperación vital. Es, sobre todo en la literatura, en donde
persigue el encuentro con las revelaciones.
Señala García Ponce sobre la obra de Luis Buñuel:
"la magnificencia está lograda gracias a ser fiel a sus
obsesiones, recuerdos privados y convicciones públicas"
y, casi siempre, al reconocer con admiración profunda la obra
de un creador encuentra el justo punto de empatía que se vincula
con su propia obstinación.
Las pasiones que lo movieron a lo largo del tiempo fueron la materia
prima de su escritura. El deslumbramiento que le ocurría al descubrir
a un artista o a un escritor, provocaba en él tal fascinación
que abría entonces un espacio para entregarse a la contemplación
y a la sublimación de sus ideas, deseos y sentimientos. La fuerza
de su escritura es, en consecuencia, la esencia de su realidad interior
y la efervescencia de sus pasiones. Se trata de un autor que decidió
realizarse a través de la voluptuosidad intelectual; un ser que
fluyó entre sus propias letras para escapar de la cárcel
física que lo mantuvo preso, entregándose a la reflexión
y al placer que le despertaron la literatura y el arte.
Esta misma fascinación que encontró por las obras y sus
autores, lo llevó a formar constantemente grupos de artistas
y escritores que compartieran con él su inmenso amor por el arte.
Su vida se distingue por los diferentes grupos de amigos que se reunían
con él para discutir sobre arte y literatura, generando un fenómeno
de clan que va definiendo el rumbo de sus escritos. Para García
Ponce la necesidad de pertenencia, de liderazgo intelectual, es una
constante en el desarrollo de su carrera. Los grupos se amalgamaban
a su alrededor, y él validaba su existencia a través de
la escritura. Así fue desde el movimiento de la Ruptura, luego
el grupo de Nueve pintores mexicanos, hasta sus últimos años
de vida con la generación de los pintores jóvenes. El
criterio con el que seleccionó todas las agrupaciones fue única
y exclusivamente el de la amistad y del disfrute.
La personalidad de Juan García Ponce encerró dos facetas
de gran polaridad. Por un lado tuvo un aspecto luminoso en donde se
percibe una búsqueda casi mística de la verdad detrás
de las apariencias, un encuentro definitivo con el amor, no sólo
en la mujer sino en el arte o en la entrega plena a su condición
de escritor en la que descubre, probablemente, el único sentido
de la vida. El otro lado, oscuro y perverso, también fue una
pulsión que adquirió gran fuerza e importancia en las
mismas búsquedas. El encuentro con la belleza muchas veces tuvo
lugar en esta oscuridad. García Ponce, desde que toca el amor,
percibe también su imposibilidad. El sentido contradictorio que
implica siempre la existencia de algo lo llevó a explorar la
cara oscura de las cosas. La dualidad, la doble realidad en donde adquieren
existencia los opuestos, mismos que se requieren en la intimidad.
Es Balthus uno de los artistas en los que García Ponce encuentra
esta fascinación por la mujer en su perversidad. Existe una atracción
por la mujer niña y ambigua que revela la inocencia y la perversión,
la ingenuidad de una infancia eterna, en donde la niña se muestra
como evocadora del deseo. Esta presencia femenina de ambivalencia y
ambigüedad ejerció en García Ponce una fascinación
constante.
Sin embargo, para Juan García Ponce la perversidad y la inocencia
son la misma cosa y para explicarlo prefiere citar el ensayo que sobre
su libro Encuentros escribe Octavio Paz: "….en casi todas
sus novelas y cuentos la inocencia está siempre aliada a esas
pasiones que llamamos malas o perversas: la crueldad, la ira, la lujuria,
los delirios de la imaginación exasperada, toda esa gama de placeres
que reprobamos y que, al mismo tiempo, nos fascinan…"
Juan García Ponce fue un personaje de múltiples facetas:
el ser humano que luchó por la vida a través de la enfermedad,
el escritor en busca perenne del sentido de la existencia, el líder
intelectual de grupos de amigos, el anfitrión de innumerables
fiestas. Fue el centro que irradió su magnetismo para formar
siempre un halo a su alrededor para compartir la belleza del sentido
trágico de la realidad. Sus ensayos sobre el arte y la literatura
contribuyeron en forma notable al brillo de muchos creadores, otorgándole
a la obra la posibilidad de ser el medio posible para sumergirse en
el mar de la verdad a través del placer estético, comunicándonos
"una hermosa respuesta al problema de la realidad y al sentido
profundo de la vida, que al iluminarnos nos afirma en ella". El
Museo del Palacio de Bellas Artes celebra la presentación de
esta exposición en donde el trabajo de Juan García Ponce,
como escritor y crítico de arte, se reencuentra directamente
con las obras que lo motivaron a escribir. La contundente presencia
de su actividad creadora abre el camino para acercarnos a un autor que
vinculó con gran intensidad la creación plástica
y la literaria, y que a casi dos años de su muerte, renace en
este espacio entre letras y trazos.
Juan García
Ponce. Trazos y encuentros. Museo del Palacio de Bellas Artes.