El
libro La noche, de Juan García Ponce, publicado por
editorial ERA en 1963, por primera ocasión, contiene tres relatos:
“Amelia”, “Tajimara” y “La noche”,
éste último da nombre al volumen.
Aparentemente, los relatos que forman el libro no tienen algo en común;
sin embargo, a mí me parece que existe un hilo conductor entre
los tres: el amor negado, o bien el amor no realizado a plenitud. García
Ponce nos pone ante una realidad que tiene validez universal: la condición
humana. Pues no es otra cosa lo que mueve a los personajes a comportarse
como lo hacen a lo largo de las tres historias. El autor se revela como
un profundo conocedor de la psicología del hombre y expresa con
palabras llenas de profundidad –aunque no por esto se trata de
un discurso complicado-, un escenario que pudiera estar reservado para
cualquier representante del género humano, ya sea en México
o en cualquier otro país del mundo.
En el caso del relato
titulado “Amelia”, García Ponce nos coloca ante un
asunto donde de manera casi inconsciente se disuelve una relación
amorosa que podría haber ofrecido mucho más. Si bien Jorge
no demuestra un enamoramiento profundo de Amelia, cuando menos la desea
y ambos, queda claro, se disfrutan plenamente –esto y no otra
cosa fue el inicio de la dependencia–. Jorge usa de pretexto a
sus compañeros de juerga. Según él, extraña
los días y las noches de indolencia, de ir de una cantina a otra,
de contemplar los amaneceres sin más preocupación que
llegar a echarse a una cama, a fin de reponer fuerzas para continuar
más tarde con el mismo ritmo.
Según queda
dicho, ni el mismo personaje se explica su actitud, porque ni siquiera
tenía un plan preconcebido para alejar a Amelia de su lado, pero
poco a poco fue desplazando sus frustraciones hacia ella, culpándola
y logrando así destruir los lazos que alguna vez los unieron.
La búsqueda un tanto enfermiza de la separación, lleva
a Jorge a inventar escenas que por fin logran el objetivo anhelado:
el alejamiento total de Amelia; que desemboca en una tragedia que ni
el mismo Jorge quizá esperaba.
García Ponce narra con fingido desenfado, porque cada palabra
que usa, cada oración que construye, tiene un fin determinado;
cuenta y atrapa al lector desde el primer momento. Cualquiera de los
tres relatos es bueno para empezar, ninguno desmerece ante los otros.
Juan García Ponce les imprime un ritmo que impide abandonar la
lectura, la que empuja a buscar la consecuencia de la historia. García
Ponce teje a su gusto dando libertad a la palabra, la que adquiere su
real significado a cada tramo de la narración. El autor nos habla
de la vida, cualquiera puede ser un personaje al interior de los relatos;
no habla de seres desconocidos, sino de hombres y mujeres de carne y
hueso, que aman, sufren, odian, los ahoga las desesperanza y a momentos
parece que cobran confianza, pues su vida se llena de ilusiones. Es
lo que sucede en “Tajimara”: Mientras la miraba, tratando
de reconocer a la Cecilia de antes en esta nueva persona de gestos nerviosos,
ojos inquietos y pelo corto, ella me contó que se había
divorciado (...) cuando terminó, yo casi sin darme cuenta empecé
a hablar del amor que le tenía y de cómo me hacía
sufrir (...) ella ya no era la misma, ni yo el que había sido
y la actual Cecilia no me interesaba. Sin embargo, siguió viniendo
y me enamoré de ella o tal vez, simplemente, volví a encontrarla.
Sin embargo, el personaje que habla, el narrador, descubre –aun
sin aceptarlo–, que todo forma parte de un juego tramado por Cecilia,
ella lo usa para vengarse de Guillermo, un antiguo amor de su primera
juventud; aunque lo cierto es que no hay desquite, Cecilia se engaña,
sólo va tras el reencuentro.
Juan García
Ponce se revela como un conocedor de los meandros de la mente humana
y por eso hila fino. No se entiende de otra manera la historia La noche:
los deseos más oscuros pueden aparecer hasta en quien cree poseer
la más sólida moral. Es juez, critica, pero anhela ocupar
el lugar de los juzgados, porque la pasión –escondida,
es cierto-, lo desborda: Marta empujó al hombre hacia la cocina
y los dos siguieron a Beatriz, que había vuelto a dejar caer
la bata al suelo.
Vi todo desde mi lugar, fascinado y horrorizado al mismo tiempo, tratando
de ocultarme en las sombras, como un malhechor, en el centro de una
pesadilla de la que sabía que nunca lograría salir y entonces,
de pronto, en medio del asco y el horror y la envidia, sobre todo la
envidia, me di cuenta que el único culpable era el amor y de
que yo también lo sentía, que la deseaba desde aquella
primera noche o desde mucho antes tal vez, cuando su propia dignidad
no me permitía ni siquiera advertir ese deseo y que había
estado esperando el derrumbe total sólo para poder justificarlo,
pensando que estaba disponible y era ella y no yo, mi naturaleza, la
naturaleza de todos, la que lo provocaba con su degradación;
pero aún ahora sólo podía ponerme en el lugar del
otro y esperar inmóvil para apartarme del mal que de todas maneras
nos envuelve. Como se puede advertir en esta larga cita, García
Ponce hace gala de su estilo narrativo para consumar el retrato psicológico
de alguien que vehemente anhela ir con todo su ser hacia las profundidades
del deseo, aun si éste resulta prohibido por la moral que según
él profesa.