Lo
sagrado, aun al manifestarse, se halla siempre cerca de lo oscuro, en
ese lado irracional y muchas veces voluntariamente perdido, dentro de
las vertientes que forman el contexto último de la vida, cuyas
profundidades resulta difícil traer a la luz, a pesar de que
o precisamente porque son todo luz y su reflejo nos deslumbra hasta
la ceguera. Significativamente, una gran parte por lo menos de las fuerzas
que determinan el nacimiento de la obra de arte y por lo tanto de las
obras mismas en lo que tienen de más cercano a sus orígenes,
al fundamento último sobre el que descansa su radiante transparencia,
la parte de su oscuridad que se convierte en luz y se hace comunicable,
que se transforma en una palabra en lenguaje artístico, no se
encuentra lejos, en mi opinión, de esas profundidades. Quizá
esto explique la conjunción que une al arte con lo sagrado en
el título de estas líneas. Es un lazo frágil, qué
duda cabe, y requiere una justificación más amplia que
aquellas de las que un artista puede servirse legítimamente para
explicar la aparición de determinados elementos u objetos en
su obra: el capricho creador, el azar, la necesidad o cualquiera de
esas palabras que en última instancia resultan sinónimos
de la soberana voluntad del creador y que, si la obra vale, son convertidas
en valores por ella. Ya Picasso nos ha dicho que él mete en sus
cuadros todo lo que le gusta y que si las cosas no se llevan, peor para
ellas; en cualquier forma tienen que acomodarse. Por supuesto, lo importante
en esta declaración es que precisamente es la de un gran artista
y las cosas se llevan en los cuadros de Picasso. Sin embargo, una de
las verdades que en su categoría de lugar común determinan
la variedad y riqueza del mundo es que en él nada es tan simple
como parece, a no ser que nos propongamos verlo así para mayor
tranquilidad y reposo. Pero del mismo modo que, en su inmovilidad, el
reposo, como se ha encargado de demostrarlo la ciencia moderna, es lo
contrario de la vida que es toda movimiento, energía en acción;
la tranquilidad es contraria al arte y aun a lo sagrado. Detrás
de la declaración de Picasso se encuentra otra verdad a la que
quizá podamos llegar. Pero por lo pronto es necesario admitir
que los artistas han hablado tanto y han cumplido en algunas ocasiones
con tanta efectividad su tarea de intranquilizarnos que ya nadie quiere
oírlos, a no ser que hablen del mismo lenguaje del que escucha,
el lenguaje de la simplicidad, de lo que sólo es su apariencia,
que resulta ajeno tanto a la vida como al arte y trae como justo precio
el hecho de que el que lo habla deja de ser artista.
No es otra la obra que quiere presentarnos como verdad una gran parte
del supuesto arte contemporáneo. Pero así lo único
que ha logrado es perder sus tradicionales peso y gravedad en el sentido
también de aquello que lleva hacia la tierra, que nos mantiene
sobre ella. La identificación entre el llamado arte de hoy y
el mundo de hoy es un diálogo entre semejantes, entre mudos,
podríamos decir, que se convierte en silencio; pero no el silencio
grave y terrible de las grandes obras, el silencio sagrado cuya voz
nos calla y amenaza con abatirnos, sino un silencio superficial, estéril,
que contradictoria pero significativamente toma toda la apariencia del
vocerío y el ruido que parecen nacer tan sólo para impedirnos
escuchar la voz verdadera del verdadero silencio.