La
voz de la novela es el lenguaje de lo imposible. Entrar a la zona de
la vida que ha creado para sí la narrativa contemporánea
de México no puede ser un movimiento que consista en cercar con
las armas de un conocimiento previo, cualquiera que sea su naturaleza,
ese espacio inerme, eminentemente neutral y que en relación con
la exterioridad que lo rodea no tiene más defensa que el carácter
inmóvil e incorruptible del lenguaje que lo muestra, sino disponerse
a escuchar la voz cuyo despliegue se aplica a constituir ese espacio
desde el que lo innombrable avanza hacia nosotros, desde el que lo imposible
se hace acción, adquiere materia y apariencia como imagen mediante
la capacidad del lenguaje de hacer suyo el movimiento de lo negativo
y entregárnoslo convertido en una positividad sensible desde
la que podemos sumergirnos en sus insondables profundidades. Por eso
puede decirse que el espacio de la novela es un espacio otro, se nos
presenta como ese terreno que no es reflejo de un espejo que recoge
lo que acontece en el tiempo dentro del horizonte de la historia, sino
que muestra lo que está detrás del espejo y que la narración
debe obligar a trasladarse, violentando su naturaleza secreta e inexpresada,
obligándolo a ponerse delante del espejo para hacer visible su
todopoderosa ausencia de realidad convertido en la realidad que surge
del lenguaje.