"LA
GAVIOTA" Fragmento |
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–Dwig… –susurró Katina Luis le soltó las muñecas y luego sus labios estaban en los de Katina y reconocía su lengua húmeda y las manos de ella, en vez de rasguñarlo, le acariciaban la espalda, convertidos otra vez en una doble, única figura solitaria, sucia de arena y sobre la blanca arena, y de pronto él estaba ya en Katina sin que ella se quejara a pesar de que Luis podía sentir la resistencia del cuerpo de ella mientras entraba, sólo para perderse de inmediato junto a ella, en ella, unidos en un espacio sin sombras, independiente de ellos mismos, pero al que sus cuerpos sin límites creaban, en la dulzura de un olvido que no tenía fin dentro de su naturaleza de instante y que los unía en la ilimitada claridad de conciencia que hacían nacer de su propia oscuridad, aislándolos del mundo y entregándolos al mundo. Mucho después, el negro pelo de ella estaba extendido en su pecho y sus labios se entreabrían silenciosos sobre los latidos de la vena del cuello de él. A su alrededor, como única presencia en el vacío que se mostraba más allá, la luz los envolvía como una manta delicada, tenue en su mismo ardor, capaz de mostrar su peso sólo en el cuerpo de ellos. Entonces, como si despertara temerosa de un único sueño para entrar por primera vez al día, Katina levantó apenas la cabeza, hizo a un lado el pelo que le cubría parte de la cara y dijo casi en susurro, con los ojos azules fijos en los de él: –Dwig, die Möwe, la gaviota… |