Fue
sólo el nacimiento de su hijo el que, sin disminuirlo aparentemente,
cambió entre M. y su mujer la forma de su amor. A través
del niño, el amor ya no era una unidad, sino que se ramificaba
para volver a juntarse, como si tuviera que hacer un rodeo, en esa nueva
realidad que el niño representaba. Los dos se amaban igualmente
pero de pronto resultaba necesario amarse a través del niño,
precisamente porque ambos lo amaban de la misma manera. Era parte suya,
era su amor y también era la independencia que su amor adquiría
de ellos mismos, encontrando su centro en un nuevo punto que era imposible
ignorar y que no deseaban ignorar. Y sin embargo, el nuevo lazo de unión
representaba también el principio de la ruptura, no porque los
dos sintieran su aparición, sino porque, como parte del movimiento
de la vida, su amor estaba ahora afuera, había entrado a un espacio
que los sobrepasaba. Pero ellos, que no podían advertirlo, eran
más felices que nunca. La sensación de estar cerrado,
de mantenerse voluntariamente dentro de un egoísmo en el amor
por su mujer que ahora se le presentaba como una absurda forma de temor
a través del cual se sentía obligado a cuidar lo que no
había ningún peligro de perder, desapareció por
completo para M. Después del nacimiento del niño, la figura
de su mujer era para él exactamente la misma que antes y su cuarto
era de nuevo el lugar del encuentro., en el que hallaba su deseo y el
cuerpo de ella como si le hubieran sido devueltos después de
un largo y milagroso viaje. Al año siguiente tuvieron otro hijo
y todavía uno más dos años después. Mientras
los tres crecían, M. experimentaba esa ramificación primera
de su amor como una multiplicidad que lo hacía más fuerte.
. Su mujer y él estaban ya en los niños y ellos eran la
propia imagen de ese amor en el que era imposible advertir cualquier
separación. Entonces, al no ser los mismos para M. lo que había
ocurrido era que su mujer y él se habían encontrado de
una manera diferente. Pero precisamente esta manera les permitía
ignorarse. Su relación ya no era un inmóvil reconocimiento,
sino una continuidad. M. descubría de pronto a su mujer con la
antigua misma admiración y ella era por un instante de nuevo
su perenne nostalgia de adolescencia y su realización de madurez,
pero la admiración se convertía de inmediato en una ternura
demasiado vasta para poder quedarse limitada en el peso de la presencia
particular de ella. Nada podía ser más normal, y cuando
de pronto su mujer, vestida para alguna ocasión especial le preguntaba
si la encontraba igual que antes, cuando buscaba su admiración
con un súbito resplandor de su juventud y su belleza que la hacía
ver como si regresara a un tiempo perdido o cuando inesperadamente,
desnuda ante él en el baño o en su cuarto le pedía
que la mirara y le preguntaba si la quería igual que antes. M.
no sentía ninguna duda al responder, aunque a veces él
también, al verla con los niños o al escuchar de pronto
su voz pura y diferenciada, saliendo de entre la conversación
de algún grupo de amigos, se preguntaba, inquieto y sorprendido,
dónde había quedado el amor que todavía creía
sentir por ella y sobre todo, qué era ahora ella que resultaba
tan suya y tan cercana que no podía verla más que como
una parte de sí mismo.
La juventud, los sueños, el comienzo, la alegría y la
excitación de no saber lo que somos y esperarlo todo, como mis
niños esperan un regalo, en un tiempo sin tiempo, pensaba entonces
M., no es real, pero la realidad inmediata, aquella en la que él
se dejaba vivir, no era menos inalcanzable, tenía el peso y la
apariencia exterior perfectamente delimitada de un objeto que, sin embargo,
no podemos reconocer.
Luego, sumiéndolos
a todos en un estupor que sólo les permitió percibir en
verdad la naturaleza del suceso mucho tiempo después, de una
manera inesperada, yéndose simplemente, sin ninguna enfermedad
previa que los pusiera en guardia, murió su padre. Al principio,
M. sólo sintió que era una especie de abandono inexplicable.
La muerte no era parte de la vida, estaba fuera de las previsiones que
se tomaban dentro de ella, pero tampoco resultaba distinta, era imposible
verla más que desde la vida, como un acontecimiento familiar
que tomaba un carácter religioso y solemne, dándole contradictoriamente
a la casa la callada dignidad de un templo que al transformarla la elevaba.
Las voces salían, sin que pareciera intervenir la voluntad del
que hablaba, en un grave susurro, que, sin embargo, se prolongaba sobre
el silencio con mayor intensidad que cualquier grito. La alegre realidad
de sus hijos y de los de su hermana se hacían a un lado, no como
si los hubiera apartado para protegerlos del suceso, alejándolos
de la que hasta entonces fuera la casa de su padre, sino como si simplemente
no tuvieran lugar en él, como si no fuera la voluntad de la familia,
sino la presencia misma de esa arbitrariedad que imponía la muerte
la que los hacía a un lado. Y en medio de todos esos movimientos,
que parecían producirse por sí mismos, como parte de un
orden secreto y ajeno a ellos, la transformación en el cuerpo
de su padre lo aislaba, poniéndolo a una distancia infinita a
la que nadie tenía acceso, pero que en él mismo se mostraba
todavía como una parte de su propia vida.
[…] Fue entonces
cuando M., al cabo de los meses, cuando la mecánica de las acciones,
que parecían llegar hasta él en vez de que él fuera
hacia ellas, podía haberse levantado como un cerco protector,
empezó a sentir en verdad no como un descubrimiento, sino como
una comprobación, del mismo modo que el crecimiento de sus hijos
le hacía ver el paso de los años, que su vida se había
detenido y ya no iba hacia ningún lado. Su amor por su mujer
y sus hijos, la necesidad de compañía de su madre y su
abuela, la presencia de sus hermanos, el peso de grupo de amigos, familiares
y conocidos entre los que se movía, llegaban hasta él
desde afuera, como una mera apariencia exterior desprovista de sentido
que no lo tocaba y si ante todo ese grupo de gentes que formaban su
vida le era fácil ocultar su distancia, ante su mujer, en la
que vivía el recuerdo de su amor, esta actitud, que no se expresaba
de una manera exterior, pero que ella era capaz de advertir, resultaba
inexplicable. M. no había dejado de amarla y ella lo sabía,
pero de alguna manera, que parecía el final de un largo por el
que los dos habían avanzado sin advertirlo, ya no estaban juntos.