LA
CABAÑA Fragmento |
|
Mientras masticaba lentamente, dejando los papeles que envolvían los sándwiches a su lado, le pareció que el día era extraordinariamente largo y en vez de haber estado avanzando por él había pasado una y otra vez por el mismo momento, yendo tan sólo de un espacio a otro, sin que el tiempo lo tocara, y ahora la luz, tamizada por las ramas de los pinos que atravesaban la ventana cubierta de polvo como un movible tejido que se extendiera en el aire creando un continuo reflejo de fulgores verdes, contribuía a aumentar esa sensación desde la que la cabaña parecía rodearla como un entrañable ámbito protector, animado por su presencia, que rompía y transformaba la naturaleza del tiempo muerto, cercado por la estancia y que el polvo trataba de mostrar, sin que éste se pusiera en movimiento. Protegida así por la cabaña de sus propios temores, sólo era consciente del sabor de la comida y de que, de pronto, tenía sed. Dejó la bolsa y los papeles arrugados sobre el piso rodeando el lugar en que había estado sentada, y se dirigió a la estrecha cocina a buscar agua. Al abrir la llave del lavadero ésta dejo escapar un sonido hueco, como un triste lamento, antes de dejar caer primero un débil hilo de agua amarillenta y luego el grueso chorro límpido. Claudia lo dejó correr un momento, mirándolo fascinada sin saber por qué, con la brusca sensación de que se había abierto paso desde el pasado después de vencer un grave obstáculo, aunque sin reconocer exactamente ese sentimiento. Luego, al abrir el armario puesto sobre el lavadero para sacar un vaso, vio sorprendida que en él había varias latas y dos pomos de vidrio con café. Sólo entonces regresó hasta ella, inesperado y violento, como si se hubiera abierto paso igual que el agua en la llave, la memoria del último día que estuvo en la cabaña con su marido y su hijo unos pocos días antes de que él saliera de viaje y el recuerdo trajo consigo toda la conciencia del dolor y de la separación dejándola sola con su vida en un espacio muerto frente a la imagen de su marido acostado en la cama sobre la manta a cuadros verdes y grises con su hijo encima, sosteniéndolo en el aire con los brazos, tal como ella los viera al salir de la cocina con el café que él le había pedido al regresar de uno de sus largos paseos solitarios por el bosque, sin poder ir más allá de esa imagen, capaz sólo de recordar junto con ella a su marido volviéndose a decir adiós con el gesto impreciso, que no se dirigía a ningún lado ante la imposibilidad de encontrarla, en la escalerilla del avión. Tomó mecánicamente una olla, la llenó de agua y la puso en la estufa para hacer café, entrando y saliendo de la estancia para buscar cerillos en su bolsa y prender los pilotos como si ésta hubiera perdido todo el poder de reconocimiento que le entregara al principio y tan sólo fuese capaz de mostrarle su espacio muerto y silencioso. Luego se quedó mirando fijamente el agua mientras esperaba que hirviera, repitiéndose una y otra vez que no debería haber venido sola, pero sin poder imaginar tampoco quien podía haberla acompañado y cuando hubo preparado el café regresó a la estancia con la sensación de que, sin poderlo evitar, cada uno de sus movimientos repetía otro anterior que no deseaba recordar. Se sentó en el sofá, sacudiendo instintivamente el polvo que cubría el brazo de madera antes de poner en él la taza y se dio cuenta de que sobre la mesa de enfrente estaba todavía una cajetilla de los cigarros que fumaba su marido. |