LA
CASA EN LA PLAYA Fragmento |
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Por la mañana,
al bajar me sorprendió no encontrar a Marta con los niños,
a pesar de que era muy tarde. Mientras me servía el desayuno
la nana me contó que Marta había estado esperando a Eduardo
toda la noche y sólo se fue a dormir cuando ella bajó
con los niños. Eduardo no había llegado todavía. Yo podía imaginármelo menos que ella. Le dije que se lo preguntaría al señor Rafael apenas volviera, sólo para mencionar su nombre, y subí a mi cuarto otra vez a ponerme el traje de baño. Antes de bajar, me detuve un momento frente a la puerta del cuarto de Marta y Eduardo, tratando de escuchar algún ruido que me revelara que ella estaba despierta y dudando sobre si debería entrar a hablarle, pero al fin decidí que era mejor esperar. Me senté en la sala a ponerme aceite y los niños se acercaron a mí. Detrás de ellos apareció la nana, que me preguntó si no iba a sacarlos a la playa. Le dije que sí y, mientras ella subía a cambiarlos, abrí las cortinas, segura de que vería llegar a Rafael de un momento a otro. La playa estaba llena de sombrillas y parecía haber más gente que nunca. Las lanchas con esquiadores se cruzaban por todas partes, los niños jugaban en la orilla y más allá, el mar se veía lleno de cabezas que flotaban sobre las suaves olas. El aspecto alegre y luminoso de la mañana me hizo recordar las cosas que habían pasado la noche anterior. De alguna manera, los padres de Eduardo ya no tenían lugar aquí. Aunque la tranquilidad y el silencio de la casa parecían corresponder al de todas las mañanas de domingo, tenía la sensación de algo opresivo que rompía el orden establecido. Molesta, me fui a buscar cigarros al refrigerador. La cocinera estaba limpiando pescados sobre la mesa y sonrió al verme entrar, pero no me dirigió la palabra. Cuando regresé a la sala, la nana estaba ahí otra vez con los niños. Tomé mi toalla y un libro, aunque sabía que no iba a poder leer, y salí con ellos, preguntándome qué habría pasado con Rafael. La nana siguió a los niños que corrieron enseguida hacia el mar y yo me quedé cerca de la terraza, acostada sobre la arena, sin poder apartar la vista de la casa de Celia y Lorenzo. Algunos conocidos me saludaron desde lejos, pero nadie se acercó a hablarme y tuve la absurda sensación de que no querían hacerme preguntas sobre Marta y Eduardo. Me tendí boca abajo y abrí el libro, pero un momento después, cansada de pasar las páginas sobre las que brillaba el sol sin entender nada, me acerqué a jugar con los niños. Eduardito empezó a preguntar dónde estaba su mamá y se puso a llorar cuando intenté meterlo al agua. Lo dejé con la nana y me alejé nadando. El agua estaba tibia, pero había demasiada gente a mi alrededor. Al salir, vi a Lorenzo caminando hacia mí. —¿Qué
tal la cruda? —dijo |