EL
REINO MILENARIO |
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Ésta es la fe dentro de la que fueron escritos los ensayos que forman este libro. Todos ellos giran alrededor de la figura y la obra de Robert Musil. Su meta, sin embargo, no es sólo esa obra, sino la literatura e incluso, más allá de ella, el sentido que Musil encuentra en crear la suya, un sentido que nace de la literatura misma, que la literatura hace posible y que, al mismo tiempo le da valor y sentido a ella. Julio Cortázar ha hablado alguna vez de su admirado reconocimiento por escritores como Thomas Mann o William Faulkner, los escritores capaces de crear con su obra todo un mundo, y de su fascinación por Crevel o Jacques Vaché, los buscadores de absoluto, “capaces de tirarse de cabeza contra la pared”. En Robert Musil se unen esas dos categorías. Su obra participa del aliento épico, con todas sus vastas exigencias de composición y estructura, con toda su necesidad de hacer vivir a los personajes y desplazarlos en el tiempo sobre un marco histórico determinado, y del gesto rebelde y resuelto que lleva a sacrificar todo orden formal, toda verdad estética a las exigencias de absoluto. En los veinticinco años que nos separan de la muerte de Musil y con ella, y sólo con ella, del final de su tarea creadora, la importancia, el lugar decisivo de su obra como ejemplo determinante en el espacio literario no sólo no ha disminuido sino que se muestra cada vez como un punto límite al que hay que llegar antes de poder empezar siquiera a pensar en partir. Una admiración y una fascinación semejante a aquéllas de las que habla Julio Cortázar son los únicos motivos que me pusieron en el camino este libro, haciéndomelo necesario. Es por esto, antes que nada, el resultado de mi relación con la obra de Musil como experiencia vital y literaria, y quiere, si es posible, comunicar mi pasión por ella, no sólo a través de la adhesión, sino también del análisis y el juicio crítico. En este sentido, podría decirse que es un libro que sale de la literatura y se dirige a la literatura, reconociendo y buscando sólo lo que ésta es capaz de entregarnos con un dominio con leyes propias y que se construye continuamente a sí mismo. Sin embargo, espero haber logrado mostrar que, incluso dentro de este movimiento cerrado, la literatura, al mostrar una de las imágenes posibles del destino humano, no sólo muestra sino que también actúa sobre la realidad. Por otra parte, se que dentro de la disposición natural a la abertura que saca a toda obra de arte de la historia, la obra posee no uno sino varios sentidos y esa pluralidad de sentidos es la que determina su valor como lenguaje. He tratado que esa variedad no se vea reducida dentro del marco de una sola interpretación y este propósito es el que explica la forma del libro. Quizá ya sólo deba agregar sobre él, que el epígrafe que lo encabeza no ha salido de mis lecturas de De Quincey, sino de las de Borges. México, D.F., diciembre de 1967. |